martedì, dicembre 27, 2005

Por una izquierda anticastrista

Por una izquierda anticastrista

El actual rumbo latinoamericano: ¿Ideología o alternativa hacia el desarrollo?

Votantes de izquierda en las elecciones de Bolivia. (AP)

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Se apresuraron los enterradores de turno. La izquierda ha renacido con bríos en América latina. En este año que concluye, sus triunfos políticos han cambiado por completo el panorama de la región. No basta con señalar una victoria aquí, un acuerdo en otra parte y una conquista por otro lado. Tampoco se trata de la vuelta de un pensamiento —mejor sería decir una ideología— superado históricamente.

Lo que se extiende cada vez con mayor fuerza es una alternativa para lograr el desarrollo y el bienestar social —contraria al concepto de un mundo unipolar heredado tras el fin de la Guerra Fría— que hasta hace poco se consideraba agotada. El neoliberalismo padece de envejecimiento prematuro, mientras que la justicia social goza de la segunda juventud que le habían negado quienes consideran que la creación ilimitada de riqueza es la única idea con futuro.

Por supuesto que lo que gana terreno no es el concepto tradicional de la lucha de clases en blanco y negro, en que los desposeídos se lanzan a perder las cadenas y los ricos están condenados por la "locomotora de la Historia". La izquierda que ha renacido —o se ha reformado— es menos altisonante y melodramática.

En sus mejores manifestaciones rehuye una militancia grandilocuente y la beligerancia radical, sin dejar de ser combativa. Ya ha sido catalogada de "nueva izquierda", "izquierda renovada", "izquierda democrática" e "izquierda de nuevo tipo", pero cualquier adjetivo que se le agregue, no puede prescindir de un nombre que pocos años atrás muchos consideraban obsoleto.

Lo mejor de este cambio hemisférico es que vuelve no gracias a una invención partidista, sino como resultado de una situación inaplazable. Le debe su auge al fracaso neoliberal, la injusticia y la pobreza imperante. Nadie formuló una teoría. Unos cuantos están empeñados en intentar soluciones del momento y no en empeñar el presente prometiendo un futuro inalcanzable, como hicieron comunistas y neoliberales.

Popper sí; Marx no

Así formulada, esta izquierda está más cercana al concepto de ingeniería social del neoliberal Karl Popper que del pensamiento totalitario de Marx y Lenin, lo que sin duda es una de sus mayores virtudes. Una izquierda dada al debate y al diálogo, alejada de la persecución y la intransigencia, que busca la inclusión y reniegue de las capillas que empañaron su ejecutoria pasada.

Como fuerza política, debe sufrir los saludables altibajos que matizan la acción y los resultados de cualquier movimiento democrático. No hay que aspirar a un reinado izquierdista, es suficiente con lograr que no se imponga la hegemonía neoliberal.

Saludar el auge de la izquierda en la región no significa apoyar en su totalidad a un conjunto de manifestaciones diversas y en ocasiones divergentes, que van del populismo al castrismo, con la figura del presidente venezolano Hugo Chávez aumentando en influencia regional.

El populismo define su ideología con un pragmatismo —una demagogia si se quiere caracterizarlo— que no respeta intenciones ajenas a la conquista del poder. Hay populismo de derecha y populismo de izquierda, como hay ladrones zurdos, ambidiestros y hasta mancos. Todos son malos. Lo único que —como ocurre con el crimen— en ocasiones sí se paga.

Queremos creer que el gobierno de Fidel Castro agoniza presa de su inmovilismo. No es así. Su proyecto revolucionario, en cambio, está agotado. La diferencia no es sutil, sino real. Desaparecido el gobernante, Cuba iniciará una nueva etapa. No volverá la vista atrás, mirando por encima de casi cinco décadas y borrando tantas huellas.

Cualquier proyección sobre el futuro de la Isla debe hacerse desde el presente. No intentando un regreso a los años cincuenta. La nostalgia sirvió por un tiempo para enriquecer a unos cuantos en Miami. No tiene sentido como programa de gobierno. El régimen castrista no es un paréntesis en la historia de la nación, un apéndice que se puede eliminar sin el menor rastro.

¿Quiénes de los tantos que repiten a diario su discurso estéril en la radio exiliada conocen la realidad cubana? El ejercicio de desconsuelo —el intento de vender el pasado bajo una forma de futuro— sólo ha logrado edificar altares de ignorancia y fabricar líderes de pacotilla.

Chávez y su circunstancia

Igualar la falta de vigencia del modelo imperante en la Isla con la proyección que mantiene el gobernante como figura de resistencia, es caer en el viejo error del anticastrismo de café de esquina. Demonizar a Chávez es la misma equivocación, sólo que sin café. El presidente venezolano ejemplifica mejor que nadie la vieja idea orteguiana: es él y su circunstancia (petrolera).

En todo caso, se puede afirmar que hasta el momento la gestión de gobierno de Caracas no ha contribuido al desarrollo económico de su país, disminuido la pobreza de forma considerable ni creado nuevas fuentes de empleo, al tiempo que la corrupción es igual a la de otros gobiernos. No hay que pasar por alto que esta nación sudamericana vive en un letargo ocasionado por la bonanza petrolera, pero Chávez tiene a su favor un historial nacional de robo, incompetencia y entreguismo que continúa favoreciéndolo.

Al hablar de su gestión internacional, las cosas se complican. No sólo ha posibilitado en buena medida el sostén de Castro. Mediante acuerdos regionales o con países como Argentina y Colombia, ha contribuido al dinamismo económico del área de una forma que no se puede catalogar de negativa, a menos que se comparta la visión de un exilio venezolano afincado en Miami, que se limita a imitar los errores de la comunidad cubana.

El apoyo popular a los gobiernos de izquierda en Latinoamérica es consecuencia en parte del agotamiento de los partidos tradicionales, el saqueo, la corrupción y las imposiciones de una desacertada política norteamericana. Pero sobre todo de una situación de miseria y estancamiento económico y social. De poco han servido las políticas neoliberales bien o mal aplicadas.

Hay sin embargo un factor de avance en la región que no puede soslayarse: el ejercicio democrático. Hasta ahora la búsqueda de nuevas soluciones no se ha realizado de forma violencia, sino recurriendo a las urnas. Tanto las guerrillas como las dictaduras militares parecen cosa del pasado. Mucho depende de la voluntad de Washington para que esta tendencia se mantenga.

En este sentido, el régimen castrista tiene más en común con las dictaduras militares latinoamericanas de hace apenas unas décadas, que con los últimos triunfos electorales de políticos izquierdistas. Incluso en los casos extremos de Chávez y el recién electo presidente boliviano, Evo Morales, no hay que olvidar que éstos han llegado al poder gracias al voto y no por la fuerza.

El pecado original

Está aún por ver si América latina ha entrado definitivamente en un rumbo democrático similar al existente en Europa, donde es habitual que se sucedan gobiernos de uno y otro lado del espectro político. Por el momento, basta con considerar que esta esperanza es más fuerte que nunca en la historia del continente.

La actual izquierda latinoamericana es una vía alternativa hacia el desarrollo, pero también una ideología. Como ideología, todavía arrastra el pecado original de cerrar los ojos ante la realidad cubana. Es lo más fácil para ella. Ello no la salva de tener que responder por ese error. No es una condena en conjunto. El caso del saliente gobierno chileno es un ejemplo. Aunque no aislado, tampoco representa una voz mayoritaria.

Buena parte de los políticos y gobernantes de izquierda —en Argentina, Uruguay y México, para citar los más conocidos— vacilan o se niegan a salir en defensa de los disidentes encarcelados, condenar la falta de libertades imperante en la isla o a criticar la permanencia en el poder de Castro.

El temor de estos políticos es sólo la mitad de la explicación. Una parte del exilio de Miami se empeña en identificarse con las causas más reaccionarias, ensalza un pasado en que miembros de este exilio colaboraron con las más sangrientas dictaduras militares y glorifica a terroristas que nunca han pagado por sus crímenes. Nada más adecuado para hacerle el juego a esos izquierdistas latinoamericanos que recuerdan los crímenes de Pinochet y Videla y olvidan los de Castro.

Si la palabra izquierda ha recuperado su vigencia, el término anticastrista no puede ser dejado en manos de un exilio caduco y reaccionario. Aspirar a la democracia en Cuba es luchar en favor de que los cubanos sean libres de escoger su destino, que el día de mañana puedan votar por alguien que les prometa la ilusión de la libre empresa o traiga una esperanza de justicia social.

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